por Pipo Fisherman 20-03-26
En estos días comenzó a circular —con llamativa sincronización— una encuesta que ubica al intendente Lisandro Matzkin como el segundo jefe comunal con mejor imagen de la Sexta Sección Electoral. El dato, presentado con entusiasmo y sin demasiadas preguntas, apareció rápidamente replicado como si se tratara de una verdad consolidada, lista para ser consumida sin masticar.
Como suele ocurrir en estos casos, se eligió cuidadosamente su punto de aterrizaje: el diario digital amigo. Ese que se presenta como centenario, aunque para leer una nota haya que atravesar una maratón de publicidades que harían sonrojar a cualquier pauta oficial. Hasta ahí, nada nuevo. Lo interesante vino después.
Como si respondiera a un cronograma perfectamente aceitado, la “noticia” reapareció casi de inmediato en el portal alternativo del oficialismo, con la velocidad de un tren expreso… pero con un detalle imposible de pasar por alto: el texto era exactamente el mismo. Misma redacción, mismos párrafos, misma estructura, misma infografía. Ni una coma fuera de lugar. Lo mismo, replicado en el otro diario local, el único que aún defiende el papel.
No hace falta convocar a ningún detective para entender lo evidente: no estamos ante dos o más coberturas periodísticas, sino ante una sola pieza distribuida. Un contenido previamente armado y entregado en bandeja, listo para ser publicado sin preguntas, sin edición y, sobre todo, sin riesgos.
Porque incluso dentro de esa lógica, suele existir al menos un intento de disimulo: algún cambio menor, una reescritura superficial, una ilusión de autonomía.
Esta vez, ni eso. La prolijidad del copy-paste sugiere otra cosa: no sólo hubo material provisto, sino también instrucciones claras sobre cómo usarlo.
Y ahí aparece un dato que incomoda más de lo que sorprende: todo indica que esa “noticia” no salió de una redacción, sino de una oficina. Más precisamente, de una que se financia con recursos públicos (al menos la encuesta la habrá pagado "de su bolsillo"?).
Lo que dicen (de verdad) los números
Ahora bien, incluso si uno decide dejar de lado la forma en que se difundió la encuesta y concentrarse exclusivamente en su contenido, aparece un problema aún mayor. Porque los propios datos —leídos sin entusiasmo y con una mínima voluntad de entenderlos— cuentan una historia bastante distinta a la que se intentó instalar.
La encuesta (de una encuestadora casi desconocida), se realizó sobre 668 casos, en una sección electoral que cuenta con 818.766 habitantes. Traducido: estamos hablando de apenas el 0,08% de la población.
Pero lo verdaderamente revelador no está ahí. Según los datos publicados:
El 10,7% tiene una imagen positiva del intendente → 71 personas
El 4,4% tiene una imagen negativa → 29 personas
El 84,9% directamente no sabe o no lo conoce → 567 personas
Ahí se termina cualquier intento de épica. Porque el “segundo intendente con mejor imagen” se sostiene, en términos concretos, sobre apenas 71 opiniones favorables, en un universo donde la abrumadora mayoría ni siquiera puede opinar.
No estamos, entonces, ante un liderazgo consolidado. Estamos ante otra cosa.
Algo bastante más frágil.
El espejismo del “saldo positivo”
Llegados a este punto, suele aparecer el argumento salvador: el famoso “diferencial de imagen”.
Porque claro, si hay más valoraciones positivas que negativas, entonces —dicen— el balance es bueno. Y en este caso, con un 10,7% de positiva contra un 4,4% de negativa, el resultado parecería cerrar. Pero no.
Ese razonamiento omite —deliberadamente— el dato más importante de todos: la magnitud del desconocimiento.Porque un dirigente no se fortalece cuando tiene pocos detractores. Se fortalece cuando es conocido. Y aquí ocurre exactamente lo contrario.
Con un 84,9% de personas que no saben quién es, el diferencial positivo no expresa fortaleza: expresa irrelevancia estadística.Es fácil tener “más imagen positiva que negativa” cuando la enorme mayoría ni siquiera entra en la discusión.
En otras palabras: no estamos frente a un dirigente bien valorado, sino frente a uno poco expuesto.
Y eso cambia todo.
El otro recurso es el ranking.
Ese podio tentador que transforma un número débil en una posición fuerte.
“Segundo intendente con mejor imagen”.
Suena bien. Funciona. Impacta.
Pero es, en el mejor de los casos, una verdad incompleta. Y en el peor, una forma elegante de distorsionar la percepción.
Porque ese ranking no ordena liderazgos: Ordena niveles de conocimiento.
En un escenario donde la mayoría de los intendentes tiene niveles similares de desconocimiento fuera de sus distritos, pequeñas variaciones en un puñado de respuestas pueden alterar completamente la tabla.
Dicho de otro modo:
cuando se juega con números tan chicos, cualquier resultado puede parecer grande.
Y ahí está la trampa.
Ranking sin contexto, ranking sin sentido
El otro recurso es el ranking. Ese podio tentador que transforma un número débil en una posición fuerte.
“Segundo intendente con mejor imagen”.
Suena bien. Funciona. Impacta.
Pero es, en el mejor de los casos, una verdad incompleta. Y en el peor, una forma elegante de distorsionar la percepción.
Entonces la pregunta ya no es si la encuesta está “bien” o “mal” hecha. La pregunta es para qué se hizo. Y ahí es donde todo empieza a encajar.
Porque este tipo de mediciones no busca describir la realidad, sino anticiparla. No mide poder: lo proyecta. No informa: instala. Sirve para empezar a ubicar nombres en el tablero, para circularlos, para que empiecen a sonar en ámbitos donde todavía no existen.
En este caso, el objetivo parece bastante claro: empezar a posicionar una figura en la conversación de la Sexta Sección de cara al 2027. Aunque, paradójicamente, los propios datos revelen que esa conversación —por ahora— casi nadie la está teniendo.
Y entonces todo cierra.
La encuesta necesita del medio amigo. El medio necesita del contenido listo. El contenido necesita del título impactante. Y el título necesita que nadie haga cuentas.
Porque cuando alguien las hace, lo que parecía una construcción sólida empieza a mostrar sus grietas.
Y bastante rápido.
El relato como política de gestión
En el fondo, todo esto excede una encuesta. Ya desde el título de este párrafo, vemos que es un tema que, si bien repetido, parece no perder fuerza.
No se trata de un número inflado, ni de un ranking acomodado, ni siquiera de una operación mediática más o menos evidente. Se trata de algo bastante más profundo —y más preocupante—: una forma de hacer política.
Una lógica donde los datos no se usan para entender la realidad, sino para maquillarla. Donde el debate se reemplaza por la repetición. Donde el dato incómodo se esconde y el conveniente se amplifica hasta parecer verdad.
No hace falta mentir cuando se puede editar la realidad. Alcanza con elegir qué mostrar, dónde publicarlo y quién lo replica.Alcanza con confiar en que nadie va a detenerse a mirar de cerca. Alcanza —sobre todo— con apostar a una ciudadanía cansada, apurada o resignada.
Al final, la verdadera pregunta no es cuántos lo valoran. Ni siquiera cuántos lo rechazan.
La pregunta es otra, algo más incómoda: ¿Cuánto poder real puede construir alguien que necesita que le inventen relevancia… antes de que la gente siquiera sepa quién es?.